La muerte física, exactamente como el nacimiento, ha sido para el hombre un misterio tanto natural como ineluctable; precisamente por esto fue siempre aceptada, y siempre lo será. Pero aquello a lo que el hombre no se puede rendir es a su segunda muerte: el olvido, el lento olvidar en donde está inevitablemente destinado a caer.

El hombre está todavía vivo en la tragedia de la muerte, pero está verdaderamente muerto en la lentitud del silencio, en la fría inmovilidad del olvido. Olvidado el hombre no existe más, casi como si nunca hubiera existido. En su lugar está el vacío. Exactamente como el vacío que había antes de su nacimiento. No la muerte entonces, pero si el olvido, nos demuestra la caducidad de la vida humana, no obstante todo lo que ésta haya construido, creado, llevado consigo o dejado detrás.

El hombre, desde el nacimiento de los tiempos, ha tratado por todos los medios de combatir, no la muerte en si, sino el olvido, hasta el punto de utilizar nuestra religión cristiana. Nuestras tumbas, con sus esculturas, lapidas, epitafios; representan el extremo tentativo del recuerdo. Pero el hombre tal vez está destinado a no ser recordado.

Esto es lo que testimonian los personajes de la fotografía de Raúl Martinetto: el olvido, ineluctable cuanto la muerte, pero más imperceptible que ésta.
Pero ¿qué es más doloroso que una tragedia que no puede suceder más? ¿Qué cosa es más trágica que un grito en el silencio, más nunca oído por nadie?

PAOLA RAFFO

 

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